LAS DOS CUBAS. Segunda Parte
Ricardo Alarcón de Quesada
Una nueva etapa.
El 24 de febrero triunfó la unidad de los patriotas, de las varias generaciones actualmente activas en la sociedad cubana. Lo hicimos desafiando además la insólita amenaza de George W. Bush, irresponsable y belicoso personaje, quien había proclamado que no aceptaría un gobierno presidido por Raúl Castro y que actuaría “ágil y decisivamente” para impedir su instalación.
La arrogancia imperial no tiene límites. Desde 1996 se concreta en un engendro antijurídico conocido como Ley Helms-Burton plenamente en vigor, que regula al detalle el régimen que imperaría en la Isla después que Washington consiguiera realizar sus propósitos. Cuba dejaría de existir como nación independiente y su pueblo sería aplastado bajo una servidumbre insoportable. Está escrito con todas las letras: el bloqueo económico, comercial y financiero, que dura ya casi medio siglo, no cesaría ni siquiera después que dejase de existir el Gobierno revolucionario, continuaría hasta que les fuesen devueltas a los antiguos dueños las propiedades nacionalizadas por la Revolución y entregadas al pueblo, incluyendo sus viviendas.
Los cubanos conocen perfectamente la Helms-Burton pues su texto íntegro, sin cambiarle ni una coma, ha sido publicado aquí en sucesivas ediciones y ha sido objeto de análisis en numerosas reuniones públicas. Del mismo modo hemos procedido con los dos planes que el señor Bush ha aprobado para intensificar la guerra económica y para precisar puntillosamente como se propone llevar a la práctica los siniestros designios de dicha Ley. Saben que la derrota de la Revolución significaría el fin de la independencia nacional, la pérdida absoluta de todos los logros alcanzados en educación, salud, cultura y seguridad social y el regreso del hambre, la miseria, los desalojos campesinos, los desahucios y la indigencia.
No se trata de retórica. Lo acaba de recordar desde Miami, el pasado 22 de febrero, el señor Nicolás Gutiérrez, uno de los redactores de la Helms-Burton, principal dirigente de la Asociación de antiguos terratenientes en el exilio y organizador de centenares de ex propietarios que se alistan para tomar por asalto la sociedad cubana y apoderarse de todo con el auxilio de las bayonetas del ejército norteamericano que, en sus sueños delirantes, volvería a ocupar este país.
Según el señor Gutiérrez su labor ha recibido un gran estímulo desde que Fidel delegó sus responsabilidades en julio de 2006 y hoy maneja un total de reclamaciones cuyo valor calcula en 200 000 millones de dólares. Esta cifra es el doble de la estimación del propio Departamento de Estado cuando antes de su aprobación por Clinton, expresó objeciones a la Ley precisamente porque consideraba la mitad del actual monto una enormidad que provocaría un conflicto eterno.
La amenaza que pesa sobre Cuba es muy grave. El pueblo cubano enfrenta el genocidio más prolongado de la historia y que nadie tiene derecho a ignorar. Informes oficiales norteamericanos, recientemente desclasificados, revelan que desde 1959 la política norteamericana consistía en “causar hambre y sufrimiento” al pueblo cubano como único medio para doblegarlo y castigarlo por “apoyar a Castro”: contra él se practica el genocidio desde hace medio siglo para despojarlo de sus derechos democráticos.
En el exterior los monopolios de la desinformación engañan a muchos y se afanan, con la mentira y la falsificación de los hechos, por debilitar la solidaridad que el pueblo cubano necesita y merece. Al infame juego se prestan algunos gobiernos y políticos carentes de entereza, sumisos a la voz de mando del gran genocida.
Pero no engañan a los cubanos. Imaginaban que podrían dividirnos con su sarta de especulaciones baratas, que serían capaces de separarnos entre veteranos y jóvenes, entre “conservadores” y “reformistas”. Les demostramos que todos somos uno.
Elegimos Presidente a Raúl Castro quien se había ganado esa autoridad luchando desde la adolescencia hasta convertirse en el Segundo Jefe de la Revolución desde los días de la guerrilla antibatistiana. Dimos nuestro voto como Primer Vicepresidente a José Ramón machado Ventura un revolucionario de toda la vida cuyo sentido del humor le permite disfrutar de la etiqueta de “conservador” que le endilgan ciertos medios.
Acordamos proceder en el curso de este año a una reestructuración integral de la Administración Central del Estado con vistas a erradicar trabas burocráticas, simplificarla y hacerla más eficiente.
Aprobamos la solicitud de Raúl de seguir consultándole a Fidel sobre las principales cuestiones del país como fue el caso, por cierto, con las decisiones de esta sesión de la Asamblea.
Una Asamblea la mayoría de cuyos miembros no habían nacido o eran niños cuando triunfó la Revolución, en la que está representada el conjunto de la sociedad cubana incluyendo personalidades cristianas y seguidores de la religión yoruba. Unidos en la voluntad común de preservar la independencia de una Patria en la que florezca la igualdad y la solidaridad.
Habíamos ofrecido una pista que descifraba cualquier duda cuando anunciamos que la sesión de la Asamblea tendría lugar el 24 de febrero.
Ese día marca la fecha de 1895 cuando iniciamos la última etapa en la larga guerra por la independencia frente a España. La convocó José Martí llamando a la unión entre los viejos combatientes que habían peleado por varias décadas y los jóvenes recién salidos de las aulas.
Otra vez nos levantamos juntos, “los pinos viejos y los pinos nuevos” según la metáfora martiana, para asegurar la continuidad de la Revolución, para renovar y fortalecer su institucionalidad, para cambiar todo lo que haya que cambiar, siempre sobre la base del consenso más amplio y firme, para salvar la Patria y perfeccionar el socialismo.
Fuente: Revista Punto Final, publicado por InSurGente.org

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